Doctorado Honoris Causa Eliane Karp de Toledo – Illary del alma‏

Hoy día, quiero celebrar este extraordinario e inesperado honor que me está concediendo la Universidad Nacional Mayor de San Marcos, recordando brevemente la ocasión de mi acercamiento al Perú. Acercamiento inédito, accidental o producto del destino, nunca lo sabré. Pero en aquel año de 1975, en la Universidad de Stanford, varios hilos se tejieron alrededor mío sin que yo pudiera al principio relacionarlos. Este proceso determinaría, luego, toda una vida.

Si bien el descubrimiento personal que tuve del Perú ocurrió en un medio académico, a través de la lectura de una novela en idioma castellano; es más bien, a través de los sentidos y la emoción que se produjo este encuentro. No creo que en aquella época entendiera todas las dimensiones de una novela monumental que me abrió los ojos sobre otra dimensión universal de nuestra condición humana.

Me refiero a “Los Ríos Profundos”, de José María Arguedas.

A través de la cual pude descubrir las complejidades de un mundo desconocido, con multitud de niveles a la vez visibles y escondidos, con alternancia de ternura y crueldad. Me tomó algún tiempo entender que el mundo descrito por Arguedas era sui generis. No era producto de una tendencia indigenista americanista reflejada en otros escritores sudamericanos conocidos. Era su mundo, la vivencia única de la complejidad de un mestizo andino, cuya identidad dividida era contradictoria y a menudo muy dolorosa.

(*) Despertar del alma

Probablemente, lo que más me atrajo de esta lectura fue su dificultad en asumir esta fusión de dos mundos que naturalmente no se comunican bien en una sola entidad. ¿Cómo asumir, cómo reconciliar estas contradicciones heredadas de un pasado violento e injusto? ¿Cómo reconstruirlas en una entidad nacional que funcione en nuestra modernidad? Ese fue el dilema que José María Arguedas presentó, visto desde una perspectiva actual. Y eso es lo que me sigue atrayendo hasta hoy.

Me pareció, sin embargo, que esta reconciliación sólo se logra de manera fugaz en el mundo de Arguedas; y no a través de la escritura, sino a través de un medio mucho más afín al ser indígena, un medio nacido de la libertad del conocimiento: la música y el quechua. A través de estas dos manifestaciones culturales, el mundo indígena reconstruye su cosmovisión; reconstruye su identidad a través de la música, la narrativa oral y a través del idioma -que yo no hablaba entonces, pero que me pareció indispensable aprender-. El quechua y el huayno empezaron a jugar un papel fundamental en mi vida a partir de ese momento.

Hoy día puedo afirmar, sin ambigüedad, que mi acercamiento emocional y mi entendimiento original del Perú se deben al descubrimiento del huayno como instrumento de comunicación por excelencia. Mucho más que las palabras de un documento analítico, una novela, o un reporte periodístico; el huayno expresa con intensidad y extrema belleza las múltiples complejidades en las cuales se mueve nuestra sociedad andina. El huayno cantado en quechua es más que letra y música; es sentimiento puro. Conmueve el alma.

Para mí no hay discurso más acertado que el hablar de las quenas con la tierra y el viento, el acompañamiento del charango y los tambores que tocan Los Chiroques que conocí en Cabana. Ellos hablan directamente con mi alma. Son dulces como el capulí, suaves como el vuelo de un jilguero e intensos como el fuego de mi corazón. Cómo no conmoverse cuando trina un huayno con la fuerza de la cordillera y me dice muy quedo al oído: “y mi sentir será tu sentir y mi dolor será tu dolor”.

El quechua, como idioma onomatopéyico, permite a la perfección unir la música, con los movimientos de la naturaleza y los pensamientos: es alegre, triste, pícaro, muy realista en su sensualismo, libre en la asociación de vivencias, mestizo, y a la vez totalmente mágico: tal combinación de sensaciones se puede encontrar en el extraordinario capítulo de Los Ríos Profundos, titulado “Zumbayllu”, donde Arguedas nos explica la relación lingüística, filosófica y espiritual entre la terminación Yllu e Illa:

“Yllu representa en una de sus formas la música que producen las pequeñas alas en vuelo; música que surge del movimiento de objetos leves. Esta voz tiene semejanza con otra más vasta: illa. Illa nombra a cierta especie de luz y a los monstruos que nacieron heridos por los rayos de la luna……Tocar un Illa, y morir o alcanzar la resurrección es posible….Illa (significa) la propagación de la luz no solar. Killa es luna, e illapa el rayo. Illariy nombra al amanecer, la luz que brota por el filo del mundo, sin la presencia del sol. Illa no nombra la fija luz, la esplendente y sobrehumana luz solar. Denomina la luz menor: el claror, el relámpago, el rayo, toda luz vibrante. Estas especies de luz no totalmente divinas con las que el hombre peruano antiguo cree tener aun relaciones profundas, entre su sangre y la materia fulgurante”[1]

¿Cómo mejor explicar el sentir andino? ¿Cómo traducir este sentir en palabras entendibles por todos aquellos que no lo han vivido?, y han sido producto durante su infancia de un sistema educativo que nos hace creer que el mundo es homogéneo, donde predomina un solo idioma y una sola visión etnocentrista del universo. Hasta podríamos recordar aquí el brillante ensayo producido por Cecilia Méndez en “Incas si, indios no: Apuntes para el estudio del nacionalismo criollo en el Perú”[2] (Méndez, 1991) donde analiza la apropiación de los símbolos y discurso Inca por los criollos después del levantamiento de Túpac Amaru. Esta apropiación logró desmantelar y esterilizar las tradiciones Incas, las cuales estaban en pleno proceso de reconstrucción durante el levantamiento de Túpac Amaru.

“A partir de entonces, serían los propios criollos quienes asumirían la reproducción de las tradiciones y la simbología incas. Pero estas manifestaciones (…) como sugiere Estenssoro serían, “estilizadas fuertemente por la retórica oficial”, neutralizando así “el contenido político de los elementos culturales de origen indio”[3]. Pero esta retórica de glorificación del pasado inca apropiada por los criollos convivía con una valoración despreciativa del indio” (Cecilia Méndez). Esta percepción distorsionada del “indio”, no ha desaparecido todavía. La acabamos de tener en las celebraciones oficiales por el centenario del “descubrimiento” de Machu Picchu. Durante el Siglo XX la palabra “indio” ha pasado por diversas transformaciones lingüísticas, con el propósito de reflejar una realidad política y social cambiante: el gobierno de los años setenta, en particular, cambia el termino indio a campesino, reduciendo así el problema del indio a un conflicto social de clase, despojándolo de toda identidad cultural distintiva, ignorando la relación particular que lleva con su tierra, imitando lo que se conocía en la Europa post-industrial.

Luego, y bajo la influencia de organismos internacionales, se utilizarán en forma simultánea los términos “Indígenas”, y “Pueblos Originarios”. En el Perú, curiosamente, subsisten contradicciones conceptuales y lingüísticas dentro de la constitución entre “comunidades campesinas” y “comunidades nativas”; lo ultimo refiriéndose exclusivamente a los pueblos de la Amazonia. Esta dicotomía tendrá ciertamente que corregirse a favor de un término globalizado, como “Pueblos Originarios”, por ejemplo.

Últimamente, la CEPAL, en su “Diagnóstico sociodemográfico de los Pueblos Indígenas”[4] (2007), señala que la población indígena del Perú, representa de acuerdo a sus estimaciones el 25% del total de la población nacional y que representa el grupo más grande de la región con 6.5 millones.

Adicionalmente indican que los indígenas se distribuyen principalmente en la sierra con 70%, casi 26% en la costa y 4% en la selva. Señala también que la condición étnica en el Perú solo se midió de acuerdo al uso de la lengua materna, lo cual puede representar una sub-enumeración. En otros países, como en Bolivia por ejemplo, se usa el criterio de auto pertenencia.

¿Cómo reconciliar entonces, hoy día, estas numerosas voces que claman por justicia e igualdad de oportunidad, para participar de una sociedad todavía demasiado excluyente? Es impensable edificar un proyecto democrático sin el aporte plural de los Pueblos Indígenas y sin su plena participación en el proceso de elaboración e implementación de políticas públicas a su favor.

La pregunta relacionada a la complejidad de este tema es en realidad simple y se puede resumir en lo siguiente: ¿Por qué prestarle tanta atención al tema indígena? ¿Por qué es tan importante su inclusión en el proceso democrático todavía en plena elaboración que vivimos hoy en el Perú?

Nuestra respuesta aquí es la siguiente: solo con la plena inclusión de la diversidad y cosmovisión de los Pueblos Indígenas, en todas las esferas de nuestra sociedad, se podrá lograr una democracia viable de largo plazo. Los Pueblos Indígenas poseen una visión diferente y comparativamente ventajosa para un país como el nuestro; tienen una visión de la gobernabilidad colectiva basada en el bien común, en la solidaridad, en la reciprocidad y en la elaboración de consensos.

Es que la esencia plural del Perú, en todas sus dimensiones humanas, geológicas, climáticas, de fauna y flora, constituye definitivamente una ventaja a nivel global y no puede ser ignorada a nivel de su posible influencia en la gobernabilidad: así como se le reconoce una ventaja única al país, en productos agrícolas, plantas, arte, música y gastronomía, entre otros rubros, es normal considerar que nuestra diversidad étnica y cultural pueda ser igualmente aprovechada. ¿O será todavía demasiado potente el síndrome de la colonia?

Representantes de los Pueblos Indígenas recientemente consultados durante sus reuniones en Lima sobre su percepción de este tema, contestaron de la siguiente manera: “La Inclusión Social es un proceso que debe garantizar la participación plena e igualitaria de todas las personas en la vida social, económica, política, legal y cultural del país. En el caso de los pueblos indígenas y afroperuanos, la inclusión social debe comprender no solo al individuo, sino principalmente a la colectividad, con su identidad, territorio, medio ambiente, cosmovisión y visión de desarrollo”.

También se expresaron sobre el tema del desarrollo y progreso poco entendidos en ciertas instancias del Estado y totalmente tergiversados durante los lamentables hechos de Bagua: “Los pueblos indígenas y afroperuanos apoyan el desarrollo económico, pero con propuestas que respeten la diversidad cultural, la territorialidad y la sostenibilidad de los recursos naturales y el medio ambiente (…) No queremos ser simples beneficiarios de políticas de ayuda social, queremos ser actores del desarrollo económico, político y social del Perú”.

Felizmente, hace pocos días el Poder Legislativo promulgó la ley a favor de la consulta previa, elaborada por el convenio 169 de la OIT y ratificada hace más de una década por el Perú, la cual nunca fue implementada ni reglamentada hasta hoy.

Existe la esperanza que a partir de su reglamentación y creación de una metodología de trabajo para reconciliar los intereses entre las partes involucradas, esta ley permita abrir el camino hacia un mayor empoderamiento indígena. La ley de consulta implica reconocer plenamente los derechos a la territorialidad y a sus recursos, la libre determinación de los pueblos para decidir el uso de sus bienes y la forma de vida que más le conviene. En este sentido, nos parece fundamental la restitución de una institución creada con rango ministerial en el año 2005, cuya función era precisamente deliberar sobre este tipo de procesos, proponer y promover la implementación de proyectos adecuados a cada comunidad de acuerdo al tipo de desarrollo que se escoja en consenso. Para los propósitos de creación de una democracia plural que nos ocupan hoy día, es fundamental que los Pueblos Indígenas, vuelvan a ocupar espacios centrales en la administración del Estado y en la formulación de políticas públicas multidisciplinarias.

Los pueblos originarios de hoy están abriendo camino al andar, redibujando el ser indígena en pleno proceso de globalización. Dentro de nuestra realidad siempre cambiante, ellos han propuesto una forma de vida más conciliadora, mas consensual, más equilibrada: el Allin Kausay, o el Buen Vivir propone otra forma de relacionarse, de producir, extraer y consumir bienes, bajo el amparo de la Pachamama y la vigilancia de los Apus. El Allin Kausay está probablemente presente en la pluma del primer escritor indígena peruano, Huamán Poma de Ayala cuando busca la forma de crear un Buen Gobierno entre el recuerdo muy presente del poder Inca y el caos producido por la conquista. Este Buen Gobierno hipotético tendría que nacer de las cenizas producidas por este encuentro, de un Pachakuti que una las dos culturas para el beneficio mutuo.

Tal vez José María Arguedas estaría todavía con nosotros si esto se hubiera producido, si el zorro de arriba y el zorro de abajo hubieran podido dialogar mejor, si el Hanan y el Hurin Pacha se hubieran vuelto a unir. Quizás necesitamos para ello, antes que revisar papeles y documentos, escucharnos más entre nosotros mismos; escuchar nuestros corazones y sentirnos como verdaderos hermanos, herederos de una tierra que acoge al diferente porque lo respeta en su diversidad. Escucharíamos, estoy segura, un conjunto de voces, sonidos y melodías que nos hablarían de nuestra historia y nuestras vivencias, nuestros pesares y alegrías, nuestras conquistas y nuestros desafíos. Escucharíamos -no me cabe la menor duda-, el arrullo de un huaynito, como el agua del río que baja golpeando las rocas en su encuentro con el mar. Si el escucharnos fuera una práctica común y extendida, quizás Arguedas, que sintió e interpretó como pocos el mundo andino, no hubiera dicho jamás esa frase que alguna vez salió de su corazón apenado: “…Siento que he vivido en vano”.