El gran Javier Ascue, un mito del periodismo que iluminaba con su humildad

Aquella cálida vez, Javier Ascue anhelaba remontarse muy dentro de sí mismo. “Sí, mis noticias del terremoto del 70 en Yungay dieron la vuelta al mundo; sí, sobreviví a la matanza de periodistas de Uchuraccay en 1983; y entrevisté a ‘Tiberio’ de las FARC en el Putumayo en los 90

Aquella cálida vez, Javier Ascue anhelaba remontarse muy dentro de sí mismo. “Sí, mis noticias del terremoto del 70 en Yungay dieron la vuelta al mundo; sí, sobreviví a la matanza de periodistas de Uchuraccay en 1983; y entrevisté a ‘Tiberio’ de las FARC en el Putumayo en los 90; sí, sí, de todo eso te he hablado… pero ahora quiero contar quién soy en realidad”, el ‘Taita’ necesitaba libar lentamente su propia catarsis. “Y decirte por qué puede ser importante mi historia…”.

Sucedió antes de que se jubilara, hace dos años, en el restaurante ‘de Pedro’, a la espalda de El Comercio. Ahí, él –modesto hasta la quintaesencia– no tenía idea de que ya era un mito en vida. “¿Puedo encender otra vez la grabadora?”, le pregunté. Y asintió el reportero que caminó tres días desde Chimbote hasta el Callejón de Huaylas, sin provisiones, recontando más de 70 réplicas, para cubrir el más destructivo terremoto de 7,9 en Huaraz, que mató a 80 mil personas y dejó 20 mil desaparecidos. Esa vez, gracias a su testimonio llegó la ayuda internacional.

Y, ¿nunca te envaneciste? “La humildad, acuérdate de eso siempre. ¡Yo recién a los 12 años estudié la primaria! Piensa que vine a Lima desde Toraya, un pueblito de Aymaraes, en Apurímac, en los años 50; yo fui parte de las históricas primeras migraciones a la capital”.

Y Lima era impía con sus nuevos habitantes. “Llegué a la calle Cárcamo, solo hablaba quechua, y me costó aprender a hablar bien el castellano. Era un serrano en la capital”. ¿Padeciste el racismo? “¡Por supuesto! hablaba con mote. Y era pobre. No me avergüenzo de decir que robaba fruta para comer. Y tuve que ganarme el respeto a golpes, fui boxeador, tengo la nariz rota desde los 14 años”.

Quién intuiría que el fibroso duende que trabajaba de lustrabotas, mozo, canillita y era fotógrafo ambulante en la plaza San Martín (su ex colega Abel Timoteo asegura que ‘Javicho’ fue el primero en Lima que se disfrazó de Papá Noel para que se fotografiaran con él en todas las playas), llegaría a El Comercio, a través de un azaroso concurso. “Imagínate mi bautizo, fue de fotógrafo; y en mi primera comisión fui a ver un cadáver en la Costa Verde, y en la morgue, ¡me desmayé! Pero me valió para aprender a ser duro en momentos difíciles”. Óscar Wilde decía que todos elaboramos un mito personal, pero Javier jamás sofisticó su leyenda.

Se desmayó, confesaba dulcemente el ultrarreportero que, en el 2002, con fusiles ávidos fisgoneando su cabeza, logró entrevistar a ‘Tiberio’, uno de los jefes de las FARC que había atravesado la línea fronteriza con el Perú, en el río Putumayo. Siempre fuiste un buenote, ‘Taita’. “Yo aprendí de los periodistas más antiguos, observaba cómo trabajaban y algunos eran egoístas, y eso fue enseñanza. No sirve ser egoísta, no hay felicidad así, lo que me ha enseñado la vida es que siempre tienes que estar dispuesto a ayudar a la gente”.

Y esta mística le blindaba el corazón: luego de reportear sobre las nauseabundas matanzas en Ayacucho en los años 80, ‘Javicho’ ayudó a fundar el puericultorio de Huamanga; y él, que fue criado solo por su abuela, abrazó a cada uno de sus primeros 180 niños huérfanos por la insania violentista. (En secreto, Mario Vargas Llosa donó el dinero de un premio literario a esta causa.)

¿Cuánto pudo influirte tu conocimiento cabal de la pobreza? “Ustedes que leen mis crónicas las ven sentidas porque me influye el saber entender qué es el hambre, la necesidad, las frustraciones. El buen periodista sabe llorar, pero sabe llorar en su soledad, no delante de la gente, porque perdería credibilidad, debe llorar solo. A veces te compenetras tanto con un caso que llegas a rabiar hasta el extremo”. ¿Qué te ha hecho rabiar más? “La muerte de los ocho periodistas en Uchuraccay, donde yo pude ser el noveno. No llegué a la zona porque tenía un pie inflamado y me bajé del carro que los llevaba. Uchuraccay fue muy fuerte para mí, fueron años de depresión”.

¿Cuál es tu máximo orgullo, ‘Taita’? “Que he dado como 40 veces la vuelta al Perú, casi pueblo por pueblo. Y yo mismo me pregunto cómo siempre tengo la fuerza de los 25 años, es la pasión por la mejor profesión del mundo. El periodista hace la historia de la humanidad todos los días. Yo vivo y sueño pensando en la noticia, así voy a morir”. ¿Y no le tienes miedo a la muerte? “No, es un paso más en la existencia. Solo sé que la única noticia que no voy a poder dar es esa, la de mi muerte”. Me apagó la grabadora, esa honda vez. Y me preguntó, con su maestrísima –inmortal– humildad: “¿De veras crees que mi historia es importante?”.

Miguel Ángel Cárdenas