Sonaly Tuesta: “Cuando ser paisana ya no es lo mismo”

La paisana Jacinta no me gusta. Soy serrana y buena parte de mi vida la paso entre polleras y sombreros, aprendiendo de morayas y tuntas, de un buen caldo verde, regocijándome ante la sabiduría de las mujeres y varones que desde una chacra o de un taller de artesanías.

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La paisana Jacinta no me gusta. Soy serrana y buena parte de mi vida la paso entre polleras y sombreros, aprendiendo de morayas y tuntas, de un buen caldo verde, regocijándome ante la sabiduría de las mujeres y varones que desde una chacra o de un taller de artesanías, o de un estrado o de una casa festiva, me enseñan tanto para poder contarlo a la gente que sigue este viaje interminable hacia la costumbre.

Así que no encuentro paralelo ni identificación por un personaje tan grotesco y que poco hace para acercarnos a nuestra diversidad. Más bien da licencia para que cualquier “creativo” ponga apodos y esconda tras la sorna, la ironía y la broma un problema de antaño que nos sigue carcomiendo: el racismo.

Debe ser que en la lógica del marketing y el rating no existe oportunidad para el sentido común y la responsabilidad. Pero qué va, nada pasará en este esquema mediático que se arma y se rearma (desde hace mucho) priorizando siempre lo mismo. No existe la más mínima intención de arriesgar o atreverse a una televisión entretenida que nos abra la posibilidad de reírnos y jugar, sin que la diferencia siga siendo un estigma.

Nos horrorizamos por los comentarios racistas contra una exitosa cantante como Edita Guerrero (que en paz descanse), pero consumimos con fruición lo que refuerza estereotipos y nos mantiene en una burbuja nacional, donde la mirada a la provincia es todavía poco amable y muchas veces equivocada. Hablamos de un gran momento del Perú, de las bondades gastronómicas, de las potencialidades del cuy, de cómo se saborea una buena pachamanca, de la quinua milagrosa, y sin embargo, en el terreno cotidiano, de la horizontalidad, del reconocimiento, a ese cuy (con patitas y cabeza) lo convertimos en sinónimo de desprestigio, de no pertenencia, de endilgarlo al otro al que estamos abiertamente discriminando; o usamos, para variar, el término “serrano” como un insulto (en pleno carnaval de Juliaca, un hombre de unos 30 años, que trabaja allá pero que es de Lima, reaccionaba ante una niña de 12 años que lo había pintado, usando la típica frase “serrana de m…”).

Siempre alejándonos de los símbolos cuando, en grupo, en patota o bajo un seudónimo, somos capaces de metamorfosearnos (o autoafirmarnos) y escribir lo que nuestra ignorancia nos dicta. Y es verdad, nos falta mucho por educarnos, por ser tolerantes y por asumir de una vez por todas lo que somos. Somos diversos y hay miles que arañan la tierra para salir adelante en un entorno que niega el quechua, que niega las polleras, y si alguien las usa, aunque no sea desdentada y cochina, la asociarán con la paisana Jacinta. Qué pena que una palabra tan bonita como “paisana” se haya venido a menos por este personaje. De hecho, para quienes estamos totalmente ligados con el Perú Profundo, nos produce resquemor el utilizarlo y nos coloca en el otro bando. Buscando ejemplos para demostrar lo que conocemos de primera mano y nos cuesta tanto transmitir. Aún.