Por el título, 24 años después

La pasión estuvo siempre presente. La garra fue una constante en el juego, al igual que la inteligencia y sapiencia. El amor propio de holandeses y argentinos fue un ingrediente más de un juego con mucho ardor y entrega de cada uno de los bandos. La lucha no estuvo en los arcos, sino 20 o 30 metros antes de estos. El juego no fue rico y nutrido en opciones, sí en determinación y valentía de los 22 hombres que iniciaron y de sus respectivos reemplazos.

 

Esta vez no brillaron Robben, Sneijder, Van Persie, Messi, Higuaín y Agüero, no. Esta vez los protagonistas fueron los hombres de corte defensivo: Garay, Rojo, Pérez, Mascherano, Vlaar, Martins y De Jong, quienes se acoplaron a la estrategia de cada uno de sus entrenadores, cumplieron neutralizando a las figuras de su antagonista e hicieron que los aplausos de los aficionados fueran dirigidos a quienes llegaban a tiempo a un cierre, anticipaban a un jugador o le sacaban limpiamente el esférico al principal elemento del rival.

Lo de ayer fue sorpresivo, especialmente en el onceno gaucho que en los compromisos anteriores había lucido partido en dos partes: la defensiva y ofensiva. Que había demostrado que su mediocampo era una autopista por donde circulaban los rivales cada que perdía el útil en un ataque, que no tenía filtro y por eso los holandeses, con su fútbol veloz y preciso, eran favoritos.

El juego en el primer tiempo favoreció un poco, solo un poco a los argentinos, quienes encontraron por el flanco derecho la forma menos tortuosa de atravesar el bosque de piernas de su rival, que defendía con tres defensores y ese costado lucía como el más accesible gracias a las escapadas de Lavezzi, quien centraba al área sin suerte.

Los holandeses, por su parte, buscaron con balones a espaldas de los defensores de su oponente encontrar el camino que no se abría en la mitad del campo, en donde eran frenados constantemente los embates de Robben y Sneijder.

Todo fue milimétrico. Estudiado paso a paso, centímetro a centímetro en el terreno de juego. La disputa Sabella-Van Gaal parecía un duelo de ajedrez entre Kaspárov y Kárpov, en el que cada movimiento era analizado con sus pros y sus contras, por eso el partido fue así, aburrido para los amantes del fútbol abierto, vibrante para los más conservadores.

La segunda etapa fue más de lo mismo. Pero faltando diez minutos Sabella dijo basta y como el costado derecho seguía siendo el más aprovechado tras la poca participación de Messi, decidió arriesgar, entrar dos delanteros para sacar un atacante y un volante de marca. El cansancio y el esfuerzo los invitó a ir al banco, pero esta jugada casi le sale al revés, pues la “Albiceleste” perdió presencia en la mitad de la cancha, Holanda adelantó los bloques decidido a no ir a penales y estuvo muy cerca de marcar con Robben en el último minuto, pero la pierna prodigiosa de Mascherano impidió que la final fuera europea.

El entretiempo fue de parte y parte. Los primeros quince minutos favorecieron a los “Tulipanes” que se animaron a probar de media distancia, a asediar el arco de su rival con varios hombres, pues basados en una mejor condición física se tomaron confianza para hacerlo, pero sin mayores réditos.

Los últimos quince minutos conmocionaron a los aficionados. Las imágenes los mostraban orando. Apegados a su amuleto de la suerte o comiéndose lo que les quedó de las uñas en los primeros 90 minutos de juego. El aroma de victoria se sentía de igual forma que el de la derrota. Era vencer o morir, literalmente como dice el dicho.

En este tramo las acciones estuvieron del lado de los suramericanos. No tanto por el trámite de juego, sino porque a escasos segundos de terminar el compromiso pudo ganar en dos descuidos de la zaga holandesa. Primero con Palacio, quien se apresuró a cabecear algo incómodo en las barbas del portero Cillesen y luego en una volea de Maxi Rodríguez, en la cinco con 50, que impactó mordido y sin determinación.

El tiempo no dio para más. La serie debería definirse en disparos desde los doce pasos y allí la experiencia reciente favorecía a Holanda, que esta vez no contó con puntería. Esta vez, como hace 24 años en la misma instancia, las acciones favorecieron a los “Albicelestes” que con un inspirado Sergio Romero, que atajó dos penales, lograron lo que estaban buscando hace mucho tiempo: disputar una nueva final mundialista, esta vez, con Messi y su pandilla.