Contacto con extraterrestres podría darse entre 2.000 y 400.000 años según astrónomos chinos

Los investigadores emplean conocimientos sobre la formación estelar y los sistemas planetarios para estudiar cómo las nuevas estrellas podrían albergar vida y en qué momento ésta podría surgir.

Entre 2.000 y 400.000 años. Es el rango de tiempo que, según un estudio desarrollado por dos astrónomos chinos, tardaremos en establecer comunicación con algún tipo de vida extraterrestre (asumiendo, claro, que ésta exista).

La investigación, publicada en la revista The Astrophysical Journal, toma como punto de partida la ecuación de Drake, una fórmula matemática ideada en los años 60 que trata de estimar la cantidad de civilizaciones alienígenas en la Vía Láctea susceptibles de poseer emisiones de radio detectables.

Con esta base, los investigadores emplean conocimientos sobre la formación estelar y los sistemas planetarios para estudiar cómo las nuevas estrellas podrían albergar vida y en qué momento ésta podría surgir.

En el escenario más optimista, concluyen, las Civilizaciones Inteligentes Extraterrestres Comunicantes (CETI) comienzan a los 25 años de vida de una estrella, pero las probabilidades de que surjan oscila entre un 0,1 % a un 0,001 %.

Si el porcentaje es de 0,1, detallan, el número de CETI podría ser de en torno a 42.000, lo que según sus cálculos se traduciría en un transcurso estimado de 400.000 años hasta que consiguiéramos contactar con alguna. Si por el contrario es de 0,001, la cifra de poblaciones sería de solo 111, lo que reduciría el período de encuentro a «solo» 2.000 años.

Pese a todo, los investigadores son conscientes de que la ecuación de Drake, sobre la que articulan el trabajo, es incierta e impredecible a la hora de predecir las probabilidades de que la vida pueda surgir y, eventualmente, convertirse en una CETI (además de tratarse, como es de lógico, de un experimento mental).

Sea como fuere, lo más probable es que, al menos a corto plazo, la vida alienígena compleja continúe adscrita al ámbito de nuestra imaginación, y no al de una realidad científica y tangible.